Hace algunos años comenzó a ponerse de moda entrenar crossfit, así que una vez que a mi esposa y a mí nos atrapó la fiebre, nos asociamos con nuestro amigo y coach para poner nuestro propio box para entrenar.

Al principio poníamos rutinas que los más veteranos hacían sin problema, pero el asunto fue que los nuevos integrantes comenzaban a desanimarse de no poder completar si quiera la rutina. Muchas personas se sentían tan decepcionadas de sí mismas por haber apenas y logrado aguantar el ritmo y ya no regresaban.

Después comprendimos el asunto y comenzamos a ofrecer variaciones en las rutinas: “Tú que eres nuevo, harás las push ups con las rodillas”, “Tú no cargarás ese peso”. “Tú harás pull ups con liga de resistencia”. Luego la gente se sentía feliz por progresar y regresaban, pues poco a poco iban dejando atrás los ejercicios alternativos y comenzaban a hacerlos en otro nivel. Cargaban más peso, hacían más repeticiones, batían sus propios records en tiempo de ejecución y era todo motivación. La gente progresaba y además se evitaba el riesgo de lesiones.

Ahora cuando pienso en la vida de iglesia, me parece que es exactamente lo mismo, pues a la hora de discipular nuevos creyentes debemos saber que el “desempeño” de algunas personas no será el mismo de aquellos que llevan años siguiendo a Jesús, (Aunque me temo que a veces sucede justo lo contrario, los años suelen desgastar el desempeño de muchos, pero esa es otra historia), por lo tanto, así como en el Crossfit, te comparto 4 lecciones al discipular a nuevos creyentes.

 

1. No todos pueden cargar el mismo peso que tú.

Cuando era joven e inmaduro podía ser muy exigente con otros. Si una persona no oraba tanto como yo, no leía tanto como yo, no caminaba con Dios tanto como yo creía estarlo haciendo, en vez de pacientemente ayudarlos a caminar con Dios, les hacía sentir que si no lo hacían a mi ritmo y no seguían mi ejemplo, su caminar con Dios realmente era mediocre.

Más tarde me fijé bien, y vi que Jesús no era así con sus discípulos, Jesús oraba muchísimo más que ellos y llevaba obviamente una vida de obediencia mejor que la de ellos, pero nunca los obligó a llevar la misma carga que él llevaba.

“Cada uno cargue su cruz”, dijo, pues la cruz que él cargaría sería una que nadie podría cargar, la cruz que salvaría al mundo.

En este sentido es que dice la Biblia, “Cada uno lleve su propia carga”. (Gal. 6:5) dándonos a entender que en asuntos de “desempeño”, no deberíamos pensar en unificar el mismo peso para todos, sino que cada uno debe ver cuánto peso podrá cargar y hacerse responsable por sí mismo, sin dejar de recordar que “a quién más se le da, más se le pedirá”.

Si no queremos desanimar a los nuevos creyentes en su carrera cristiana, no impongamos cargas demasiado pesadas.

 

2. Celebra los progresos.

Cuando vemos a otros iniciar su carrera en la fe, nos preguntamos por qué algunos frutos del Espíritu aun no son visibles en sus vidas y llegamos a desanimarnos con ellos. Sin embargo, el mismo Espíritu que actúa en ti para orar super grueso, es el mismo que actúa en tu hermano para hacer una oración sin estructura, simple y corta, ¿No queremos despreciar la obra del Espíritu Santo en los demás o sí?

Es por eso que debemos celebrar los progresos pequeños, no los grandes resultados. Antes esa persona no oraba ni una vez al año, ahora lo hace de manera recurrente; antes solo iba a la iglesia en navidad, ahora va de buena gana cada Domingo, ¡Eso es un avance!

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Si no queremos desanimar a los nuevos creyentes en su carrera cristiana, no impongamos cargas demasiado pesadas.

 

3. Ama a la gente, no su desempeño.

Al final de la vida de Jesús, sus discípulos todavía se quedaban dormidos orando. Hacían preguntas sin sentido, pedían sentarse al lado de Jesús para sentirse importantes y peleaban por quién sería el jefe cuando Jesús se fuera. No era un grupo muy ejemplar que digamos, entonces ¿Por qué Jesús fue paciente con ellos? La respuesta es simple, Jesús amaba a sus discípulos.

La primera regla del discipulado es el amor. Jesús te ama sin importar tu desempeño. Te ama cuando tu desempeño es bajo y te ama cuando tu desempeño es alto.

Si no amamos a la gente que estamos guiando a Cristo, entonces seremos impacientes con ellos, exigiremos que hagan cosas que no pueden y en cualquier momento tiraremos la toalla llenos de frustración.

Jesús fue el mejor hacedor de discípulos, ¿Estamos de acuerdo en eso? Sigamos su ejemplo, amemos a las personas más de lo que amamos su desempeño. Ese es el secreto.

 

4. Primero el evangelio, luego los cambios.

El discipulado cristiano no consiste en disciplinas rigurosas, sino en la fe en el Hijo de Dios que murió en una cruz por nuestros pecados. Ahí comienza el discipulado, con la fe en el evangelio. Recuerda que Jesús no cambia vidas con clases, transforma vidas con su sangre.

No queremos que la gente cambie, sino que la gente crea el evangelio, luego los cambios vendrán. Pero si lo hacemos al revés seremos maestros de moralidad en vez de predicadores de evangelio.

No te apresures a buscar cambios externos, deja que Dios por medio de su Espíritu haga lo suyo. Lo suyo es transformar desde adentro, eso es mejor que cualquier intento humano de cambiar desde afuera.

Por último, recuerda que no hacemos discípulos para conformarlos a nuestras formas o a nuestro agrado, sino discípulos que glorifican a Dios al ser transformados a la imagen de Cristo.