Cuando éramos totalmente incapaces de salvarnos, Cristo vino en el momento preciso y murió por nosotros, pecadores. Romanos 5:6

La cruz era un instrumento de muerte lenta, el castigo empezaba desde que salían de las prisiones y los hacían cargar la cruz por caminos públicos por 2 razones:

La primera razón era para advertir a otros, provocar terror en el pueblo, que la gente supiera que podría correr con la misma suerte. La segunda razón era para que los delincuentes o rebeldes se convirtieran en el desprecio y la burla de los demás. Era una muerte vergonzosa y dolorosa. Era una muerte pública, gente que conociste te veía pasar con la cruz; la cruz decía que eras culpable. Luego te veían colgado muriendo lentamente, era humillante agonizar ante los ojos de todos, gemir de dolor, quizá llorar.

Muchos murieron ahí sufriendo el castigo de sus delitos cometidos y mientras estaban colgados maldecían a la gente y quizá morían odiando a sus burladores. Pero no Jesús. Él murió diferente.

Mientras cargaba esa cruz, Él era inocente ante Dios y los hombres. Nadie fue y ha sido tan perfecto y puro como Él. Él murió diferente, porque mientras se burlaban de Él no abrió su boca para defenderse; porque cuando estaba siendo azotado y humillado no injuriaba a sus heridores, oraba por ellos. Él murió diferente porque no murió odiando a la gente que lo asesinó, murió amándoles, murió por amor. No eran los hombres despojándolo de su vida, sino Él mismo poniéndola por ellos. No murió porque fuera culpable, murió porque nosotros lo éramos, así que tomó nuestro lugar y recibió el castigo que nosotros merecíamos recibir y así mostrarnos su amor:

 “…difícilmente habrá quien muera por un justo, aunque tal vez haya quien se atreva a morir por una persona buena.  Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”. (Rom. 5:7,8. NVI)

¿Morirías por una persona buena? Quizá, si no hubiera otra opción. Pero Él murió por nosotros cuando no había nada bueno en nosotros. Lo piensas y tienes que detenerte un momento, porque a menudo nos encontramos a nosotros mismos intentando ganar el amor de Dios haciendo cosas buenas para así sentirnos aceptados por Él. ¡Qué fatiga! Finalmente, cuando nos cansamos de sustentar nuestra vida cristiana en nuestro comportamiento y volteamos a la cruz, recordamos que Él nos amó ahí de una manera que sobrepasa nuestro entender, que nos amó sin condición, que nos amó cuando no merecíamos ser amados, ¡Este es el gran amor de Dios! ¡Jamás se oyó de un amor así!

Es un amor que lo hizo venir en forma humana, aunque Él mismo era Dios, vivir como un siervo humilde, aunque Él mismo era Rey y finalmente morir como un pecador, aunque Él jamás pecó.

Si eres cristiano y estás leyendo esto, recuerda que estás aquí porque Cristo te amó y eso es y siempre será suficiente. Recuerda que en tu debilidad Él sigue siendo tu Salvador; que no es tu determinación, sino su poder actuando en ti lo que al final te transforma. Que su muerte no es un evento del pasado, sino una realidad eterna que nos sostiene y transforma día con día. Te invito a meditar y descansar en esta asombrosa realidad.

 Y estoy convencido de que nada podrá jamás separarnos del amor de Dios. Ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni demonios, ni nuestros temores de hoy ni nuestras preocupaciones de mañana. Ni siquiera los poderes del infierno pueden separarnos del amor de Dios. Ningún poder en las alturas ni en las profundidades, de hecho, nada en toda la creación podrá jamás separarnos del amor de Dios, que está revelado en Cristo Jesús nuestro Señor. (Rom. 8:38,39 NTV)