Él (Jesús) entonces les contó esta parábola: «Supongamos que uno de ustedes tiene cien ovejas y pierde una de ellas. ¿No deja las noventa y nueve en el campo, y va en busca de la oveja perdida hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, lleno de alegría la carga en los hombros y vuelve a la casa.

Lucas 15:3-5

 Hace meses, me cautivó un pasaje de las Crónicas de Narnia de C.S. Lewis en su libro “La silla de Plata”.  Se trata de Eustace, que después de haber vivido grandes aventuras en Narnia ahora tiene una vida normal, o quizá no tan normal,  pues una vez que respiras el aire de Narnia y saboreas lo que es conocer al Gran Aslan, ya no puedes ser normal. Así que su corazón inquieto buscaba con anhelo regresar a Narnia, pero no sabía cómo.

A Él y a su amiga, se les ocurre “invocar” el nombre de Aslan sólo por ver si algo pasaba, “¡Aslan, Aslan, Aslan!” Nada sucedió, pero minutos más tarde, “la puerta estaba abierta”, se encontraban en Narnia.

Al encontrarse con Aslan, la niña está confundida pues parece ser que Aslan los llamó para una tarea, a lo que dice: “¿No habrá algún error? Porque nadie nos llamó…fuimos nosotros los que pedimos venir acá”.

-Ustedes no me habrían llamado a mí si no hubiera estado yo llamándolos a ustedes. –dijo el León.

 Esto es el Evangelio. Dios es el gran pastor buscando a la oveja perdida, la oveja ciertamente no sabe cómo regresar a casa, pero el Pastor la llama, la busca, la encuentra y la trae de regreso a casa. Todo el mérito es de Él.

 A veces escuchamos frases como “yo le entregué mi vida a Jesús” o “Acepté a Jesús” lo cual pareciera centrar la atención en “una gran decisión tomada” por cuenta nuestra, pero de acuerdo a esta parábola, nosotros no decidimos ser salvados, no logramos algo para merecer tal regalo; ser salvos no depende “del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia”,  esto ocurre por “el puro afecto de su voluntad” y “no por obras para que nadie se gloríe”.

 Sí, puede parecer una decisión nuestra y en cierto sentido lo es, pero la Biblia enseña que previo a que lleguemos a conclusiones tan lúcidas como la de abandonar el pecado para seguir a Jesús, primero ocurrió algo en los cielos, Dios nos despierta del sueño, nos alumbra, volvemos en sí y es ahí donde uno se sabe pecador, entiende que Jesús es el Salvador y “se entrega a él”.

El aplauso no es para mí que decidí abandonar el pecado, la gloria es para Dios que me hizo despertar y me salvó.

Por tanto, cuando pensamos en Salvación, no debemos poner la mirada en nosotros, como si pudiéramos hacer algo para obligar a Dios a hacer lo que nosotros queremos, y recordemos a esa oveja perdida, la cual no necesita mejorar, cambiar o demostrar algo para ser tomada en cuenta por Dios, lo único que necesita esa oveja es ser rescatada y una vez que eso sucede, entonces la ovejita tomará “la decisión” de quedarse en casa.