¿Vida misional? ¿Qué es eso? y  ¿Cómo se come?… Me preguntaba hace unos 3 años. Cuando mi esposo me hablaba de que debíamos vivir Vidas Misionales yo  no tenía una respuesta clara en mi mente.  ¿Cómo podía ser “Misional” si trabajaba ya en la Obra todos los días? ¿Cómo podía hacer algo más si ya estaba agotada y sin tiempo?

Esta idea empezó a resonar en nuestras cabezas hasta que un pequeño libro llegó a nuestras manos llamado “Vidas Misionales” – O algo así-. Era un libro cortito que en pocas páginas respondía todas mis dudas y fue finalmente el pequeño empujón que me faltaba para entenderlo y sobre todo, querer llevarlo a la práctica de manera sincera.

A grandes rasgos puedo resumir que una Vida Misional es aquella que podemos vivir de manera sensata, sencilla, auténtica y amorosa día a día con los demás.  Es el interés genuino que tenemos por los otros y el deseo sincero de que los demás puedan ver a Dios de manera clara y sin “Bibliazos”.

¿Más claro?

Es ayudar a tu vecina de enfrente que tiene gatos y la mano lastimada a sacar la basura, es compartir la comida con algún familiar en dificultades, es acompañar al doctor a tu abuelito, es ir con tu mamá al cine a ver esa película que tú no quieres, es llevarle comida al que la necesita… Es buscar oportunidades simples pero importantes donde los demás puedan ver un pequeño destello del amor de Dios a través de nosotros en el diario vivir… no una vez cada que lo recuerdes, no una vez al mes, sino hacerlo como un estilo de vida que genere oportunidades significativas para presentar el Evangelio.

Parece fácil pero resultaba que en mi vida cristiana diaria era algo que yo no estaba haciendo, no estaba siendo sencilla compartiendo con los demás, ni interesándome por el vecino de al lado, o por el de enfrente, menos por la señora de la tiendita. Yendo más lejos, no estaba ni aun interesándome en mi propia familia. No conocía el nombre de un solo vecino y jamás había hecho algo verdaderamente significativo por alguien.

Tres años atrás nos mudamos a una ciudad nueva, a un vecindario nuevo lleno de completos extraños. Fue el reto más grande de nuestras vidas, pero también el más gratificante. Teníamos la oportunidad de empezar de cero, ¡De ser Misionales de una vez por todas!. Habíamos leído el librito, habíamos orado, cantado, teníamos las ganas y el deseo ardiendo en nuestro corazón de crear oportunidades valiosas con los demás, no sólo con la finalidad de conocer gente y hacer amigos, sino con la firme intención de poder compartir el Evangelio de manera espontánea y natural, para finalmente así “Ser la Iglesia”.

Una pizca de intención bastó para que la Gracia de Dios pudiera manifestarse, un poquito de intención de nuestra parte fue suficiente  para que Su luz pudiera brillar y gente pudiera escuchar el mensaje que se predicaba. Un par de meses después de habernos mudado teníamos gente viniendo a nuestra reunión “de la Biblia” de los martes, había vecinos esperando el día del grupo (aunque eran católicos) porque le entendían más al “joven” vecino que les compartía que al padrecito de la Parroquia.

Vimos gente respondiendo de manera natural al amor del Evangelio, vimos gente buscando a Dios de la manera más sencilla posible y es así como me remonto al principio, la vida Misional debería ser obligada para nosotros los cristianos. Mi servicio en la Iglesia es de gran importancia y muy valioso, pero nuestra vida diaria habla más de nosotros que muchos domingos juntos.

 

Es en la vida diaria donde podemos mostrar el verdadero amor de Dios, el verdadero evangelio que nos abraza a todos y que es para todos.

 

No, no somos los mejores, ni tampoco ejemplares. Durante nuestra búsqueda por ser misionales cometimos sinfín de errores, pero puedo decir que en cada momento Dios estuvo, en cada paso Dios se mostró y su Gracia para todos nosotros abundó.

Mi deseo es animarte a buscar ir más allá, a dar un pasito más, a empezar por interesarte en la gente que te rodea, a llamar a ese amigo al que dejaste de hablarle cuando te hiciste cristiano, a ir a esa fiesta aburrida donde podrás ver y abrazar a tu familia, a saludar a tu vecino y ayudarle a sacar la basura… son las pequeñas  oportunidades que día a día tenemos las que harán la diferencia y las que mañana te permitirán compartir con Biblia en mano el amor de Dios a los demás.

Nadie enciende una lámpara y luego la pone debajo de una canasta. En cambio, la coloca en un lugar alto donde ilumina a todos los que están en la casa. De la misma manera, dejen que sus buenas acciones brillen a la vista de todos, para que todos alaben a su Padre celestial. Mateo 5:15, 16 (NVI)